LA “CONQUISTA“ del sistema educativo

LA “CONQUISTA“ del sistema educativo
0 comments, 11/10/2013, by , in Varios

Autor: Carlos Seco

Carlos Seco

Decía Otero Novas, “quien conquista y dirige el sistema educativo y la escuela, puede cambiar al hombre, y por consiguiente, puede cambiar la sociedad, pues los efectos transformadores de la educación son lentos, pero profundos y seguros”. A nadie se le escapa que para lograr alcanzar la transformación de un modelo de sociedad se hace imprescindible actuar sobre los más jóvenes a través del sistema educativo. Y esto es lo que se está operando a través de nuestro sistema educativo en el que bajo el paraguas de la «socialización» del alumnado, se ha configurado un sistema utilitarista en cuanto a los fines de la educación, y constructivista de las conciencias, que sitúa al alumnado, y por tanto al ciudadano, al servicio de los fines u objetivos que persiguen quienes la dirigen. La educación en España ha dejado de ser un medio o mecanismo para lograr la formación integral del ser humano, donde se desarrollen su personalidad y capacidades, para convertirse en sí mismo en un fin que tiene por objeto configurar o reprogramar al ciudadano como elemento productivo en la sociedad. De tal modo que la vida del ser humano se evalúe en razón del beneficio que reporta a la colectividad. Y a estos fines transformadores de la sociedad, se dirigía la incorporación en nuestro sistema educativo de materias curriculares que dibujan el itinerario de una obra de ingeniería educativo-social, cuyo objetivo es la transformación de la sociedad desde sus cimientos, desterrando el humanismo cristiano, e imponiendo un nuevo código de valores que sustente ese modelo de sociedad que se quiere implantar.

En una sociedad pluralista, el derecho a la libertad religiosa exige que se asegure la presencia de la enseñanza de las opciones religiosas en la escuela y, a la vez, la garantía de que tal enseñanza sea conforme a las convicciones de los padres. El Concilio Vaticano II recuerda que: “[A los padres] corresponde el derecho de determinar la forma de educación religiosa que se ha de dar a sus hijos, según sus propias convicciones religiosas (…)” Y añadía “se violan, además, los derechos de los padres, si se obliga a los hijos a asistir a lecciones escolares que no corresponden a la persuasión religiosa de los padres, o si se impone un único sistema de educación del que se excluye totalmente la formación religiosa.” (Declaración Dignitatis humanae).

Esta afirmación encuentra su correspondencia en el ordenamiento jurídico, como en la Declaración universal de los derechos humanos, en la de los derechos del niño, y en muchos otros Tratados Internacionales. También en el art. 27.3 CE. Y la doctrina de nuestro Tribunal Supremo, la ha plasmado diciendo: “Será exigible una posición de neutralidad por parte del poder público cuando se esté ante valores distintos a los comúnmente aceptados, subyacentes en los Derechos Fundamentales establecidos en la Constitución de 1978. Por ello, ni la Administración educativa -ni tampoco a los centros docentes, ni los concretos profesores- (pueden) imponer o inculcar, ni siquiera de manera indirecta, puntos de vista determinados sobre cuestiones morales que en la sociedad española son controvertidas. Ello es consecuencia del pluralismo, consagrado como valor superior de nuestro ordenamiento jurídico, y del deber de neutralidad ideológica del Estado, que prohíbe a éste incurrir en cualquier forma de proselitismo. Las materias … no deben ser pretexto para tratar de persuadir a los alumnos sobre ideas y doctrinas que reflejan tomas de posición sobre problemas sobre los que no existe un generalizado consenso moral en la sociedad española”.

Juan Pablo II decía: “La cuestión de la educación católica conlleva la enseñanza religiosa en el ámbito más general de la escuela, bien sea católica o bien estatal. A esa enseñanza tienen derecho las familias de los creyentes, las cuales deben tener la garantía de que la escuela pública -precisamente por estar abierta a todos- no sólo no ponga en peligro la fe de sus hijos, sino que incluso complete, con una enseñanza religiosa adecuada, su formación integral. Este principio se encuadra en el concepto de la libertad religiosa y del Estado verdaderamente democrático que, en cuanto tal, es decir, respetando su naturaleza más profunda y verdadera, se pone al servicio de los ciudadanos, de todos los ciudadanos, respetando sus derechos, sus convicciones religiosas”

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